En un mundo dominado por la velocidad, la sobre exposición y lo efímero, el estilo ha sido reducido, muchas veces, a una simple apariencia. Se le confunde con tendencia, con ornamento o con una estética pasajera destinada a ser reemplazada en la próxima temporada. Sin embargo, el verdadero estilo el que importa, el que permanece nunca ha sido superficial. Es, en esencia, una forma de pensamiento hecha visible.
El estilo auténtico nace de una coherencia profunda entre lo que se es, lo que se piensa y lo que se expresa. No busca impresionar, sino revelar. No responde a la urgencia del aplauso, sino a la fidelidad con una visión. Por eso, cuando el estilo es genuino, trasciende el tiempo y se convierte en lenguaje universal: puede ser leído décadas después sin perder su fuerza ni su sentido.
La trascendencia, por su parte, no es un accidente ni un privilegio reservado a unos pocos. Es la consecuencia natural de las obras realizadas con intención, rigor y conciencia. Aquello que trasciende no lo hace por su escala, sino por su profundidad. Un gesto, una idea, una creación pueden ser aparentemente simples y, aun así, contener una verdad capaz de atravesar generaciones.
Las grandes culturas lo entendieron bien. Desde la arquitectura clásica hasta los textiles ancestrales del Perú, desde el diseño italiano hasta la palabra escrita con precisión casi ritual, el estilo siempre fue una declaración de valores. No se trataba solo de belleza, sino de sentido. Cada forma hablaba de una manera de habitar el mundo, de relacionarse con el tiempo, con la materia y con lo sagrado.
Hoy, recuperar esa noción de estilo es un acto casi contracultural. Significa resistirse a lo descartable, apostar por lo bien hecho, por lo pensado, por lo que no necesita explicarse a gritos. Significa comprender que la elegancia no está en el exceso, sino en la medida justa; que la innovación verdadera dialoga con la memoria; y que la creatividad más poderosa es aquella que no pierde su raíz.
El estilo auténtico no es una cuestión de apariencia, sino una expresión profunda de pensamiento, coherencia y visión. Cuando la forma nace de la intención, trasciende el tiempo y se convierte en legado.
Al final, el estilo no es cómo se ve algo, sino por qué existe. Y la trascendencia no es durar para siempre, sino seguir diciendo algo verdadero con el paso del tiempo.

